Archivos Mensuales: octubre 2012

Grecia contra el hambre.

ImageGrecia ha autorizado la venta de alimentos vencidos. Ese es un titular que fue noticia. Porque consumir alimentos vencidos puede conllevar serios problemas de salud. Así que, frente al hambre generalizada en el país europeo, la cosa más sencilla es permitir que los alimentos pasados, en vías de descomposición, sean comprados a menor precio. Y para algunos, esa es una buena solución.

Solo que nadie se pregunta: ¿Por qué se vencen los alimentos y a dónde van a parar  cuando esto sucede?

Es curioso e imperdonable que mientras en el mundo millones de seres humanos padecen hambre, haya lugares donde los alimentos permanecen en los estantes hasta que caduca su vida útil, luego de lo cual son desechados e incinerados “para preservar la salud de la población”. Lo que eso significa realmente, es que los precios de los alimentos son tan altos que no pueden ser alcanzados por una gran mayoría viviente en los límites de la pobreza, gente descartada para las grandes corporaciones productoras de alimentos, léase capitalistas, porque no encajan en la lógica del consumo. Entonces es mejor destruir productos después de vencidos, que llevarlos al nivel de todos los habitantes, tengan o no recursos, pues lo que le conviene a la sociedad capitalista es precisamente que ese tipo de personas non grata desaparezcan, ya que lo único que tienen es hambre.

Cruda lógica de un sistema que pregona la libertad y la igualdad como valores intrínsecos al “desarrollo”.

Grecia es la detonación. Pero hay muchos que no quieren ver la mecha de la bomba prendida en sus propios países. Y todavía hay más de los que esperan mantener vivo el sistema de la acumulación y la producción en masa, aun en sectores que deberían reconsiderar esos modos de producción y adaptarlos más a las necesidades reales del país, como pasa, por ejemplo, en la Universidad Indígena Boliviana Aymara “Tupak Katari”, donde, en vez de fomentar la producción familiar comunitaria y el rescate de los saberes ancestrales en pos del “Vivir bien”, se está tratando de imponer la producción a gran escala con visión de exportación. Mirada puramente capitalista.

En el mundo existe hambre y pobreza no porque no haya recursos suficientes, sino porque los recursos alimentarios (y todos los demás) se encuentran concentrados en un bajo porciento poblacional, que acapara todas las riquezas y distribuye estas en forma desproporcionada, con el afán de seguir acumulando bienes.

En Grecia podría disminuir el hambre, si sus autoridades tuvieran el valor de ir en contra de los organismos multinacionales de la economía y comercio capitalistas y aplicaran medidas que permitieran reducir la brecha entre ricos y pobres, retomaran el poder sobre los recursos del país y distribuyeran parejamente los beneficios que estos generan.

La crisis capitalista no se terminará con más capitalismo.

Lenguaje y descolonización: unos apuntes.

Yo hablo español. Soy orgullosamente latinoamericano.

Uno de los fenómenos lingüísticos más llamativos en Latinoamérica es la mezcla de los idiomas y dialectos originarios con la lengua impuesta circunstancialmente y aceptada como oficial para relacionarnos con el mundo, citemos como ejemplo, los casos de las zonas fronterizas entre México y EE.UU, donde el español mexicanizado se funde con el inglés norteño formando lo que se ha llamado  el lenguaje “chicano” o más jocosamente “ingliñol”. Bolivia no escapa a ese fenómeno y son usuales las combinaciones terminológicas entre español y quechua o aymara, según la zona. Esto es comprensible desde el análisis de nuestra realidad cosmopolita y pluricultural, ya que –nos guste o no –somos el resultado de la mezcla indígena originaria, hispánica, africana, germánica, itálica, asiática, anglosajona, árabe, y todas las etnias y nacionalidades foráneas que vinieron a asentarse en estas fértiles tierras. Y de todos ellos recibimos influencias lingüísticas y culturales.

Lo que sí resulta inadmisible  es la mala utilización de la lengua española (idioma oficial en Bolivia, si no me equivoco) bajo errados conceptos de descolonización que esgrimen algunos profesionales y pseudo-profesionales que son periodistas, ingenieros, abogados, profesores, entre otros; y que maltratan el idioma. No se trata del uso de términos provenientes del quechua o el aymara en el español o viceversa, lo cual es definitivamente natural. Me refiero al mal hablar que utilizan y enseñan en las escuelas y otros ámbitos tales líderes de opinión.

Analicemos algunos casos puntuales y recurrentes, la palabra abrir existe y tiene bien claras sus definiciones en los diferentes diccionarios, ¿por qué decir entonces “aperturar”, si ese término, como verbo, no aparece en nuestro idioma, ni en el quechua, ni en el aymara? ¿Por qué conjugar mal el verbo producir diciendo “no se produció” si lo correcto es “no se produjo”? ¿Qué tiene que ver este ab-uso del idioma oficial con la traída y llevada descolonización que pretendemos en Bolivia?

Hay muchos términos que sufren estas deformaciones y son mal empleados, no digamos ya por las muchas personas que aún quedan analfabetas o que no han tenido oportunidades de llegar muy lejos en sus estudios gracias a los sistemas coloniales y neoliberales que han imperado hasta ahora, sino por los propios profesionales y estudiantes de todos los niveles que, por suerte, son bastantes en este país.

Hay palabras que nos influencian desde el extranjero, a veces porque no tienen traducción en nuestros idiomas, y a veces porque a algunos “intelectuales” les parecen bonitas, o resonantes. En este caso tenemos una que empieza a abrirse paso en los medios de comunicación: salvataje. Tal “palabreja”, según tengo entendido, proviene de Chile e intenta definir el rescate de algo. Pero sucede que ella no existe en español, ningún diccionario de la Real Academia de la Lengua Española –RAE (la voz más autorizada en nuestro idioma, aunque algunos se empeñen en no prestarle crédito) –la registra, porque en realidad, el término preciso para esa operación, la de rescatar o salvar algo o alguien, es salvamento. Lo otro se acerca mucho más, por etimología, a salvajismo. Hay que tener ojo avizor para no caer en las trampas del pseudo- intelectualismo que perjudica tanto a la educación y la cultura.

El tema es bien extenso, demasiado para un solo artículo, pero no puedo dejar de mencionar las omisiones de elementos del lenguaje que tienen su función bien definida y que sin ellos las oraciones e ideas pierden su sentido, o por lo menos pierden claridad, me refiero a la conjunción copulativa que y la preposición propia de, las cuales son omitidas frecuentemente en los parlamentos de los medios de comunicación, por ahorrar tiempo y espacio o porque creen los editores y redactores que sin ellos “suena más bonito”. Leamos este ejemplo extraído de una publicidad televisiva y radial: “Una impresora normal imprime cerca 200 copias… (Sic)” O este, tomado de la prensa escrita: “…la cantidad de víctimas ha dejado el terremoto en Chile suman alrededor 800 personas… (Sic)” Para muestra un botón basta.

Las preposiciones y las conjunciones son partes invariables de la oración, según la amplia bibliografía de la gramática española (R. Lazo; Ortega y Gasset; Gilí y Gaya; RAE), las primeras (de) expresan la relación existente entre dos palabras, correspondientes a materiales, cantidades, posesión, etc. En cuanto a las conjunciones (que -copulativa),  sirve para unir palabras de la misma naturaleza, frases u oraciones entre sí, indicando diferencias, separación, alternativas, dependencia, continuidad del discurso, causalidad, entre otras funciones (Op. Cit.). Claro que el “queísmo” es malo, pero no es con la total omisión de tan importante elemento que se resuelve el problema, es más bien una posición cómoda, cuando menos, simplista.

Estimados lectores, antes de manejar desmedida e irracionalmente la descolonización, detengámonos a reflexionar si tal proceso es aplicable a todas las áreas, o lo estamos interpretando en su justo sentido. Si se trata de no hablar en español, porque viene de España y estuvimos colonizados por ella, entonces no maquillemos las intenciones usando el término de “castellano”, porque al fin y al cabo, es lo mismo, solo que “castellano” es la forma arcaica de referirse a nuestro idioma oficial. Hablemos únicamente quechua o aymara, que son dos de nuestras verdaderas lenguas madres. Y si optamos por utilizar radicalmente el “castellano”, habrá que decir y escribir como el gran Don Miguel de Cervantes y Saavedra en su memorable “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”: “Cosas veredes mi bven Sancho, cosas veredes…”