Lenguaje y descolonización: unos apuntes.

Yo hablo español. Soy orgullosamente latinoamericano.

Uno de los fenómenos lingüísticos más llamativos en Latinoamérica es la mezcla de los idiomas y dialectos originarios con la lengua impuesta circunstancialmente y aceptada como oficial para relacionarnos con el mundo, citemos como ejemplo, los casos de las zonas fronterizas entre México y EE.UU, donde el español mexicanizado se funde con el inglés norteño formando lo que se ha llamado  el lenguaje “chicano” o más jocosamente “ingliñol”. Bolivia no escapa a ese fenómeno y son usuales las combinaciones terminológicas entre español y quechua o aymara, según la zona. Esto es comprensible desde el análisis de nuestra realidad cosmopolita y pluricultural, ya que –nos guste o no –somos el resultado de la mezcla indígena originaria, hispánica, africana, germánica, itálica, asiática, anglosajona, árabe, y todas las etnias y nacionalidades foráneas que vinieron a asentarse en estas fértiles tierras. Y de todos ellos recibimos influencias lingüísticas y culturales.

Lo que sí resulta inadmisible  es la mala utilización de la lengua española (idioma oficial en Bolivia, si no me equivoco) bajo errados conceptos de descolonización que esgrimen algunos profesionales y pseudo-profesionales que son periodistas, ingenieros, abogados, profesores, entre otros; y que maltratan el idioma. No se trata del uso de términos provenientes del quechua o el aymara en el español o viceversa, lo cual es definitivamente natural. Me refiero al mal hablar que utilizan y enseñan en las escuelas y otros ámbitos tales líderes de opinión.

Analicemos algunos casos puntuales y recurrentes, la palabra abrir existe y tiene bien claras sus definiciones en los diferentes diccionarios, ¿por qué decir entonces “aperturar”, si ese término, como verbo, no aparece en nuestro idioma, ni en el quechua, ni en el aymara? ¿Por qué conjugar mal el verbo producir diciendo “no se produció” si lo correcto es “no se produjo”? ¿Qué tiene que ver este ab-uso del idioma oficial con la traída y llevada descolonización que pretendemos en Bolivia?

Hay muchos términos que sufren estas deformaciones y son mal empleados, no digamos ya por las muchas personas que aún quedan analfabetas o que no han tenido oportunidades de llegar muy lejos en sus estudios gracias a los sistemas coloniales y neoliberales que han imperado hasta ahora, sino por los propios profesionales y estudiantes de todos los niveles que, por suerte, son bastantes en este país.

Hay palabras que nos influencian desde el extranjero, a veces porque no tienen traducción en nuestros idiomas, y a veces porque a algunos “intelectuales” les parecen bonitas, o resonantes. En este caso tenemos una que empieza a abrirse paso en los medios de comunicación: salvataje. Tal “palabreja”, según tengo entendido, proviene de Chile e intenta definir el rescate de algo. Pero sucede que ella no existe en español, ningún diccionario de la Real Academia de la Lengua Española –RAE (la voz más autorizada en nuestro idioma, aunque algunos se empeñen en no prestarle crédito) –la registra, porque en realidad, el término preciso para esa operación, la de rescatar o salvar algo o alguien, es salvamento. Lo otro se acerca mucho más, por etimología, a salvajismo. Hay que tener ojo avizor para no caer en las trampas del pseudo- intelectualismo que perjudica tanto a la educación y la cultura.

El tema es bien extenso, demasiado para un solo artículo, pero no puedo dejar de mencionar las omisiones de elementos del lenguaje que tienen su función bien definida y que sin ellos las oraciones e ideas pierden su sentido, o por lo menos pierden claridad, me refiero a la conjunción copulativa que y la preposición propia de, las cuales son omitidas frecuentemente en los parlamentos de los medios de comunicación, por ahorrar tiempo y espacio o porque creen los editores y redactores que sin ellos “suena más bonito”. Leamos este ejemplo extraído de una publicidad televisiva y radial: “Una impresora normal imprime cerca 200 copias… (Sic)” O este, tomado de la prensa escrita: “…la cantidad de víctimas ha dejado el terremoto en Chile suman alrededor 800 personas… (Sic)” Para muestra un botón basta.

Las preposiciones y las conjunciones son partes invariables de la oración, según la amplia bibliografía de la gramática española (R. Lazo; Ortega y Gasset; Gilí y Gaya; RAE), las primeras (de) expresan la relación existente entre dos palabras, correspondientes a materiales, cantidades, posesión, etc. En cuanto a las conjunciones (que -copulativa),  sirve para unir palabras de la misma naturaleza, frases u oraciones entre sí, indicando diferencias, separación, alternativas, dependencia, continuidad del discurso, causalidad, entre otras funciones (Op. Cit.). Claro que el “queísmo” es malo, pero no es con la total omisión de tan importante elemento que se resuelve el problema, es más bien una posición cómoda, cuando menos, simplista.

Estimados lectores, antes de manejar desmedida e irracionalmente la descolonización, detengámonos a reflexionar si tal proceso es aplicable a todas las áreas, o lo estamos interpretando en su justo sentido. Si se trata de no hablar en español, porque viene de España y estuvimos colonizados por ella, entonces no maquillemos las intenciones usando el término de “castellano”, porque al fin y al cabo, es lo mismo, solo que “castellano” es la forma arcaica de referirse a nuestro idioma oficial. Hablemos únicamente quechua o aymara, que son dos de nuestras verdaderas lenguas madres. Y si optamos por utilizar radicalmente el “castellano”, habrá que decir y escribir como el gran Don Miguel de Cervantes y Saavedra en su memorable “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”: “Cosas veredes mi bven Sancho, cosas veredes…”

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