Violencia social: ¿somos culpables o inocentes?

bullingLa violencia no es una actitud sine qua nom del hombre. El ser humano no nace con la agresividad incluida, a pesar de lo que algunos teóricos argumentan respecto a la beligerancia natural (animal) del ser humano; su adopción tiene más que ver con patrones de conducta asimilados durante el proceso de crecimiento-aprendizaje, salvo excepciones genéticas que se manifiestan en disfunciones cerebrales las cuales promueven respuestas violentas ante estímulos externos determinados.

Dichos patrones de conducta adquiridos, son consecuencias de fallas entretejidas en los sistemas de convivencia y aprendizaje más usuales de la sociedad:

–       La familia,

–       La escuela,

–       La religión,

–       Los medios de comunicación.

La familia, como núcleo principal del desarrollo social humano, tiene una gran influencia y, la mayoría de las veces, el individuo agresivo es así por una serie de condiciones dadas en el interior de ese pequeño (a veces grande) mundo donde da sus primeros pasos y aprende los primeros hábitos. Un entorno regido por los gritos, amenazas, violencia física, abusos, determinará una conducta similar en el niño desde edades tempranas, pues asumirá, por la acción de los ejemplos, que cualquier problema puede resolverse a través de la belicosidad y el maltrato, creyendo tal vez que esa es la única vía. El niño crece bajo la influencia de tales acciones negativas, que se generan para “corregir” actitudes contrarias al funcionamiento familiar o a los deseos de quien comete las violaciones y desde la edad juvenil ya comienza a manifestar esos mismos patrones conductuales ante cualquier tipo de circunstancia que genere desequilibrios en su óptica de vida.

Si a ello sumamos que en la escuela también convergen factores propiciantes de la violencia, como la falta de vigilancia del entorno escolar, la ausencia de educadores de verdad (se ha puesto de moda la acepción “docentes” para los que imparten clases, y solo hacen eso, impartir contenidos, sin dedicarse verdaderamente a educar a los alumnos), algunas reglas implícitas que impiden actuar de facto a los maestros y directivos de los centros educacionales ante un hecho de violencia, carencia de enseñanza y práctica de valores humanos, entre otros elementos, refuerzan en los niños la conciencia de que la violencia y agresividad son parte intrínseca de las relaciones humanas y válidas en la resolución de conflictos.

También se une la cuestión de la religión, cuya práctica común es considerar el amor, la paz, la rectitud, la verdad y la no violencia (valores humanos) como los recursos más adecuados para dirimir diferencias o enfrentarse a la vida en sociedad. Sin embargo, la falta de religiosidad desde el centro de la familia o en la escuela, o más allá de eso, la inobservancia de los valores humanos que promulga la religión, cualquiera de ellas, dan pie a que las actitudes agresivas se abran camino en el comportamiento humano.

Los medios de comunicación, a pesar de aparecer últimos en este análisis, no son menores responsables en el afloramiento y desarrollo de la violencia en la sociedad actual. Posiblemente, por su propio objeto de difundir noticias, informaciones y todo tipo de productos comunicativos, sean un factor definitorio en las actitudes violentas.

Si le damos crédito a los medios de comunicación masiva, podemos afirmar que el mundo es un lugar muy violento. La mayor parte de las informaciones en un noticiero de una sociedad liberal es sobre algún tipo de violencia: familiar o social, asesinatos, accidentes, manifestaciones no pacíficas, incendios, guerras de pandillas, guerras internacionales, conflictos internos…

Algunos justifican al amarillismo diciendo que es lo noticioso, otros que sube el rating porque a la gente le gusta saber de las desgracias de sus congéneres.

Los medios de comunicación están sobresaturados, sobre todo la televisión devenida en principal opción informativa y recreativa, de temas que abordan en sus variadas formas la violencia: muy pocas veces se buscan las causas o se ofrecen soluciones, solo se narra el hecho y el periodista da su opinión, parcial y parcializada desde subjetivos puntos de vista. Nadie, directivos o creadores de los medios comunicacionales que rinden culto al liberalismo total, se ha detenido a analizar y criticar el papel que juegan los medios en la desatada ola de violencia que ellos mismos se encargan de publicitar.

Lo primero que se nota en la gran cantidad de reportes noticiosos cuyo tema se centra en algún hecho violento, es la juventud de sus protagonistas, tendencia que se manifiesta recurrentemente. Ahora bien, ¿los medios solo muestran sucesos o influyen en las actitudes violentas?

Varios estudios psicológicos sobre la penetración de los mensajes de los mass media en la psiquis humana, nos aclaran la real influencia de estos “mediadores” en el comportamiento del hombre-receptor de su comunicación. Posiciones acríticas por desconocimiento, bajo nivel cultural o simple aburrimiento del receptor, lo hacen a éste más vulnerable ante los efectos que causa determinado producto comunicativo.

Los efectos directos de la comunicación mediática  son objetivos e inmediatos, conocemos el incentivo al consumo a través de la publicidad, el entretenimiento, la cultura, la información, etc. Los efectos indirectos no pueden ser medidos, sus consecuencias “penetran en las zonas de sombra de la psiquis individual y colectiva” (Arthur Da Távola). El psicólogo Jung afirmaba que “la personalidad del hombre, como un todo, es indiscutible. Su conciencia puede ser descrita, pero su inconsciente no puede ser descrito, es siempre inconsciente.”

El gran problema está en la diferente capacidad de respuesta de cada individuo receptor de los productos de los medios, al vivir públicos de diferentes culturas, niveles educativos y religiosidad, el mismo mensaje explícito o implícito de un producto mediático, a cada persona le afecta de forma diferente y con consecuencias imprevisibles. Por ejemplo, un niño que ve junto a su padre una pelea de boxeo en la transmisión de las Olimpiadas: para el padre, la pelea solo será una más de su deportista preferido que gane o pierda, ponto será olvidada o guardada en su memoria como un referente de información; al niño, quizás, este acto deportivo le hará pensar que dos personas pueden golpearse sin consecuencias mayores y saldrá a “jugar” al boxeo…

Teniendo en cuenta estos efectos que provocan los medios, más la morbosa repetición de escenas violentas y en muchas ocasiones mostrando a los protagonistas como “personajes pintorescos”, algo muy de moda en algunos medios de comunicación, que ponen a delincuentes a narrar frente a cámara sus “aventuras” contadas con gracia y total desparpajo moral, en ocasiones hasta sin cubrirse el rostro, y no hablemos de telenovelas, filmes, series, comics, noticias de farándula y un largo etcétera de productos mediáticos en los cuales el principal ingrediente es la violencia, entonces no ha de asombrar que la juventud, mimética, permeable, moldeable y con pocas características reflexivas, crea que la violencia es permitida y avalada por la misma sociedad, y en consecuencia asuman esos patrones de conducta.

No debemos obviar los últimos adelantos tecnológicos (TICs) que se han sumado a la ya variada gama de medios de comunicación y han condicionado nuestras vidas: internet, computadoras, consolas de juegos de video, teléfonos celulares de última generación, etc. A ciertas horas, casi siempre las liberadas de carga educacional, los cibercafés se llenan de adolescentes que van a “jugar” sus juegos preferidos, casi siempre de guerras, robos, asesinatos, disparos… Ellos se zambullen en un mundo de “violencia permitida”, donde las reglas prácticamente no existen y es muy fácil atropellar, matar, o destruir sin que conlleve sanción alguna. Entonces esto queda como un reflejo condicionado en la mente del menor, incapaz de cuestionar su pertinencia y la reproduce en ámbitos externos verdaderamente reales, creando conflictos que son muy difíciles de superar y hundiéndose en la espiral de la violencia.

Pudiera aducirse que desde su aparición, los medios de comunicación (cine, televisión, radio, prensa escrita) han reproducido la violencia como espectáculo y es cierto, pero, nunca antes los medios de comunicación han sido tan  masivos y los valores humanos, sociales, educativos y religiosos tan ausentes en la sociedad. No vivimos un caos, pero sí un desmejoramiento de la calidad de vida, de la calidad educativa y de la conciencia social.

Soluciones existen. Las sociedades, a través de sus medios de control de las políticas educativas y de difusión, deben tomar cartas en este asunto y dirigir sus esfuerzos a lograr un sistema educativo y un sistema de comunicación social coherentes, donde el lenguaje y los conceptos no se lleven al nivel de los sectores más bajos, sino hacer que estos sectores eleven sus niveles culturales-educativos y aumenten el grado de conciencia social.

Los padres y madres, en el seno de la familia, con sus valores y una estrecha vigilancia hacia lo que ven sus hijos en la televisión, el uso que hacen de internet, los juegos que juegan, sus actividades escolares y religiosas, son responsables de minimizar esos nocivos efectos, ignorados o simplemente soslayados por conveniencia de todos los implicados.

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