Los medios y su mediación en la percepción de la realidad: un vistazo al panorama comunicacional de Bolivia.

Por: Vicente Manuel Prieto Rodríguez

p_23_05_2009Te levantas en la mañana, enciendes el televisor, la radio o lees los titulares de la prensa plana en papel o internet… y te encuentras con un entorno muy similar: muertes, accidentes, heridos, bloqueos, atracos, denuncias, peleas políticas, sindicales y gremiales, descontento por todos lados. Eso es el plato fuerte de las principales emisiones mediáticas bolivianas, aunque no descarto que suceda en la mayoría de los países latinoamericanos. El postre: películas, series y telenovelas que nos presentan mundos donde la violencia es el medio principal de obtener resultados, donde machismo y feminismo se confunden en un mismo ingrediente básico, la ley del más fuerte.

Es ese el panorama que nos da los buenos días y nos acompaña en cada rato libre que tenemos para informarnos o relajarnos. No importa hacer zapping, donde mires es lo mismo. De nada vale diferenciar medios privados o estatales. En todos, unos por acción consciente, otros por desconocimiento e imitación, se fortalece la ilusión de que el país está caóticamente mal.

¿Qué sucede con la información mediática que recibimos día a día? ¿Tan poco profesionales son los periodistas y comunicadores que nos desinforman o nos informan a medias, o es que hay un plan preestablecido para mantenernos flotando en esa “ilusión de caos”?

Personalmente creo que hay de todo un poco. Revisemos la estrategia informativa de los medios de comunicación acá para tratar de entender qué pasa y responder los anteriores cuestionamientos.

Veamos este ejemplo. Un canal de radio o televisión privado, opositor al gobierno, da la noticia de que se ha descubierto corrupción en el llamado Fondo Indígena, menciona nombres, da cifras millonarias y entrevista a mucha gente, sobre todo contrarias al gobierno, para que muestren el asombro y descontento ante tamaño caso de mal manejo de los recursos públicos, luego invita a “especialistas” o líderes de opinión (opositores por supuesto) para que filosofen y hablen de la enorme corrupción que hay – supuestamente – en el gobierno y entre los indígenas originarios; cuando entrevistan a los “involucrados” lo hacen a sabiendas de que sus dificultades con el idioma español les hará caer en contradicciones y se verán ante la opinión pública, sin haber sido juzgados aun, como culpables. Estos medios “olvidan” explicar qué es el Fondo Indígena, por qué ha surgido, cómo se maneja, cuáles son sus estatutos y para colmo, no dan pruebas contundentes, documentadas, ni mencionan fuentes confiables. Esto pasa con todo tipo de información, sea de salud, transporte, seguridad ciudadana, narcotráfico, alimentación, etc. Entonces los televidentes o radioyentes o lectores, nos quedamos con una información incompleta, sesgada, imprecisa, que se repite en todos los canales de información, y como no tenemos tiempo por las presiones diarias del trabajo y obligaciones familiares, para buscar otras fuentes informativas, nos quedamos con esa visión, la asumimos como cierta y nos formamos una opinión basada en los pocos antecedentes que nos dieron. Si se dan cuenta, esto sucede en todos los canales mediáticos y con cualquier tipo de información, la superficialidad es la regla. Cualquier noticia o tema que se comente siempre lo dejan a medias y cuando empieza a carecer de interés, lo abandonan y a otro cuento, desmintiendo la tan utilizada metáfora de que el al público se le da lo que pide, la cosa es al revés: el público pide (acepta)  lo que se le da.

Este modus operandi mediático se basa en la situación que ya describió hace tiempo el estudioso brasileño de la comunicación, Arthur Da Távola, de un público sobreocupado que no tiene tiempo ni deseos de analizar la información que se le ofrece, sino que acepta y asume como válido cualquier cosa que aparezca en la radio, la televisión o los periódicos, sin mayor ejercicio del criterio propio; en nuestro entorno tal situación se potencia ante los bajos niveles educativos existentes.

Es lo que sucede y ello nos impulsa hacia la segunda pregunta sobre la profesionalidad y la posibilidad de una estrategia diseñada para mantenernos en el oscurantismo informativo y en la ilusión de que el gobierno actual no resuelve los problemas.

Lamentablemente, sin que nadie se ofenda, la formación de nuestros comunicadores en las universidades es incompleta, orientada más al tecnicismo profesional que a la obtención de herramientas y conocimientos culturales generales (background) que permiten el uso racional del criterio de valor, o sea, se prepara al periodista para que tome un micrófono, lo ponga frente a un entrevistado y lo deje hablar, haciendo más trabajo de relacionista público que de profesional capacitado para cuestionar y sacar a la luz las verdaderas intenciones, motivaciones e implicaciones de un sucedido. Obvio que existen excepciones, aquellos que han adquirido conocimientos y habilidades a través del estudio autodidacta y la consecución de becas o cursos en el exterior.

La segunda parte de la pregunta puede responderse con lo anterior sumado a una voluntad política de los dueños de medios y directores de los mismos, en función de una estrategia que busca mantener en el pueblo boliviano el sentimiento de zozobra ante el futuro y la baja autoestima que caracterizó al pueblo en los años coloniales y neocoloniales. Esto tiene un objetivo claro: minar el empoderamiento que dio a las clases otrora marginadas la presencia en la cabeza del gobierno boliviano de un igual, un indígena originario que ha puesto a Bolivia incuestionablemente en el vórtice político mundial y le ha devuelto la dignidad (escondida que no perdida) a las naciones originarias que conforman la mayoría de este pueblo. Y ya la pregunta queda respondida: la sumatoria de una escasa preparación profesional con la estrategia mediática del caos aparente – que esconde y silencia las buenas obras y los motivos de verdadera alegría popular con los logros gestados desde hace casi diez años – conforman un entorno mediático de constante ataques a la gestión gubernamental, posicionando en la mente de los consumidores de medios la idea de que todo anda mal y el país es ingobernable.

Claro que esta estrategia funciona solamente en la medida en que los medios son consumidos, porque, si vamos a los hechos, a pesar de las grandes arremetidas la gente sigue valorando altamente la gestión gubernamental de Evo Morales, aunque no esté de acuerdo con algunas cosas, casi siempre grupales o gremiales (llamadas “reivindicaciones sociales”) que provocan paros, bloqueos, protestas, pero que siempre culminan con el fortalecimiento del gobierno, no precisamente lo que esperan los estrategas mediáticos de la oposición.

Lo más lamentable es la posición de los llamados medios estatales, que por ósmosis e imitación ejecutoria, se limitan a reproducir las prácticas “tradicionales” del periodismo boliviano, lo cual, indudablemente, le sirve a las estrategias opositoras, pues, aunque tales medios estatales hagan partícipes a los oficialistas, la forma de tratar los temas, la periodicidad y los términos utilizados no hacen más que ayudar al posicionamiento de la agenda marcada por los medios opositores y en el imaginario social se percibe como “la defensa obligatoria” porque son medios del Estado. Aquí quiero apuntar que si se respetaran (conocieran) las reglas y leyes que rigen la comunicación, se podría marcar agenda desde los medios estatales o afines al Proceso de Cambio y no andar detrás de las noticias que sacan los otros para responder, en la típica actitud del bombero (apagafuegos).

Por otra parte, fijémonos en el diseño de programación de los medios, los tipos de programas que promueven, la ubicación en la escala temporal, el tiempo y espacio que les dedican a los temas; y si lo observamos bien, se hace más clara la intención de crear y fijar un imaginario donde los temas que se le achacan al gobierno se vean actuales – o sea, productos de este momento histórico – y no como herencias del modelo neoliberal precedente (tampoco digo que el modelo neoliberal esté superado); en las emisiones informativas: problemas, acusaciones, delincuencia, inseguridad, accidentes, corrupción judicial y funcionaria, bloqueos, paros, protestas… En la programación general: novelas, noveletas, series, historias todas con contenidos referentes a la violencia en diversos grados, el narcotráfico y la lucha por sobresalir que, según estos productos mediáticos, solo es posible en un mundo donde las “libertades” son garantizadas nada más que por un modelo “liberal” (neoliberal) y donde las pocas luchas sociales quedan relegadas ante el brillo de la vida “democrática”. ¿Es casual este diseño estratégico? ¿Por qué no vemos materiales con profundo contenido histórico-social de nuestros pueblos? ¿Por qué, en vez de invertir muchos recursos en un programa de imitación, no se invierte en programas de rescate del talento propio nacional?

Porque está todo pensado. Todo orientado a cultivar la mediocridad que hace al pueblo manipulable, para sacar ventajas desde una situación de derrota no controlada y crearle problemas al gobierno, que al largo plazo pueda revertirse en una nueva toma del poder de las oligarquías.

Resumiendo, los métodos de des-información reconocibles en el entorno mediático actual de Bolivia, son los siguientes:

  • Información a medias, cortada cuando se necesitan más elementos demostrativos.
  • Poco tiempo de vida de la información: se viola el ciclo útil de la información. Esta dura lo que le conviene al emisor sin importar si el público quiere saber más sobre el tema abordado.
  • Mucha información emocional negativa: todo el tiempo aparecen casos de gentes con problemas que solicitan la ayuda pública entre lágrimas y desesperación. (Se ha llegado a la ridiculez de llevar a llorar a un programa informativo al director de una institución por la gravedad de salud de un compañero).
  • Uso de cifras muy altas, incomprensibles para la media.
  • Uso de porcentajes sin precisar a qué cantidad pertenece ni cuánto o qué representa utilitariamente para el público.
  • No ir a lo concreto en la información – en periodismo se dice que lo que no aporta, sobra -. Por lo general se “cantinflea”, o sea, muchas palabras describiendo lo obvio sin entrar a la explicación racional y comprensible de un hecho, creando confusión.
  • Ocultamiento de datos relevantes que puedan aportar luz acerca de un hecho. (Por ejemplo, en el caso “Terrorismo y separatismo”, los medios se ocuparon de mostrar los puntos novelescos y se olvidaron de mostrar las pruebas incriminatorias contundentes contra los implicados.)
  • Ocultamiento de informaciones que muestran logros populares, o de gestión gubernamental y, en caso de no poder ocultarlas, buscarles cualquier punto de cuestionamiento para sembrar dudas acerca de la validez de los logros.
  • Mostrar como válidos solo los logros individuales, por encima de las gestiones populares, por ejemplo, los “bolivianos de oro” de UNITEL y Bolivisión.

 

Muchos subestiman la capacidad de la comunicación social para gestar movimientos, promover conductas y crear escenarios de acción. La ignorancia lleva a pensar que con spots se resuelve todo y ya se demostró que malas estrategias comunicacionales pueden desembocar en apuros, cuando no en derrotas.

No por gusto todos los gobiernos duraderos han insistido en la profundidad del manejo de la información y la comunicación, algunos lo han hecho desde posiciones ideológicas contrarias al ser humano, como en el caso nazi, otros se han mantenido en el tiempo gracias a la manipulación mediática que les hace creer que viven en un paraíso y otros más, como es el caso de la Latinoamérica revolucionaria, han logrado, aun estando fuera del poder, mantener actitudes contrarias al gobierno que los representa como clase y los protege, precisamente por el manejo (manipulación) de los medios comunicacionales con que cuentan las oposiciones oligárquicas.

La conclusión, ante todo este panorama, es que en Bolivia existe una estrategia mediática para sostener en la opinión pública ideas de “no poder”, de inseguridad, de mal manejo gubernamental, de pobreza, que impelen a los receptores de los medios a posicionarse negativamente y a mantener la baja autoestima, a pesar de que Bolivia es considerada en casi todo el mundo como un país en ascenso.

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